Cuando empecé a comprender la vida para tener uso de la razón, me enseñaron a salir al mundo a buscar amigos. Me explicaron que relacionarse con gente en todo lo más extenso de la expresión, significaba allanar el camino en la búsqueda del conocimiento y del saber. Me enseñaron en el colegio a relacionarme con mis compañeros. Luego, cuando mi niñez cruzó el puente para desembocar en la pubertad también me convencieron para que el compañerismo y la amistad fueran valores eternos que inculcarán el suficiente apego como para empezar a engrosar la lista que todo el mundo posee llamada mejores amistades, una cuidada y selecta colección de personas que de una manera u otra y sin pedir nada en contrapartida serían capaces de ofrecer todo lo que tienen. Llegue a tener varias personas desinteresadas en el negocio de la adhesión, pero de los años de mi juventud ya no queda ninguno, muchos se olvidaron, otros se esfumaron con amistades que creyeron inmensamente más acertadas que la mía y, la gran mayoría al tomar sus vidas otro rumbo, se vieron obligados a cambiar tanto de aires como de amigos.
Certificar como amigo a alguien no consistía en tomar unas cañas o salir una noche de copas. Ni tampoco en ir al futbol a disfrutar de un partido del equipo de la capital o asistir a un concierto del grupo de rock del momento. El verdadero amigo, además de acompañar en los momentos de ocio era aquel que tenías al lado abrazándote en momentos desagradables, instantes de dolor o fracasos estrepitosos. La auténtica amistad es un sentimiento que te atraviesa el alma, se siente después de muchos años de madurarla, de cuidarla como quién cuida el mejor y más coloreado jardín para mostrarlo orgullosamente a los demás. Un amigo, daba la mano, abrazaba, o te prestaba el pañuelo para enjugarte las lágrimas. El amigo más puro, era capaz de desvelarse para vigilar tu dolor. El auténtico amigo, te acompañaba, dejándolo él todo y no preguntaba, te seguía.

Las nuevas tecnologías nos han traído una nueva definición de “amigo”. Nuestro amigo, ahora solo escribe, o sube fotos, chatea –habla por internet- es el seguidor virtual que arroja onomatopeyas como; “ja” o “puff”, el amigo que aparece como conectado o ausente. El amigo es una foto, un seudónimo o una frase. El amigo de internet, nunca da la mano, ni llora, ni ríe. Y eso no es un amigo.
Está de moda presumir de listas de amigos tan extensas como irreales. Cuantas más fotos tengas en el Facebook o en el Tuenti, inmensa reputación tendrás o más seguidores te verán. Pero esos no son amigos, insisto, con mucho son personas que pasan por tu vida de forma virtual, y a los que nunca tendrás a tu lado para gozar de un buen momento, como el que puede traerte la verdadera amistad.
La verdadera amistad es como la pastilla de jabón que vamos dando forma y creando con nuestra espiritualidad, imaginación y empeño. Al final nos quedará una obra de arte.

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