Me leo mientras degusto un bestial desayuno compuesto por, tostadas, zumo de naranja y café de cafetera de la abuela, que el “mundo no es feliz”. Un artículo que pasaría de no ser porque tiene toda la razón, por un simple aturdimiento emocional de su escritor, ha dejado mi desayuno frío sobre la mesa, a la espera de reaccionar para volver a calentarlo, desechar las tostadas por haberse quedado más tiesas que las sábanas de Zarzuela y aun respirando quejosamente para intentar huir de la realidad que describe.
Si es cierto lo que manifiesta es muy probable que nos tengamos que ir todos a paseo. Pero el paseo ni mañanero ni dominguero, sino el paseo definitivo, aquel que se emprende para no volver jamás. Probablemente advierta en su lectura que tan insigne escritor se encuentra en una etapa de su vida abierta a los infiernos, que no le salen las cuentas, o es simplemente un exceso de consumo en la cena aun no digerida de anoche. Me niego a admitir tales afirmaciones por respeto a mí y a algunos que conozco y que andan en la complicada tarea de administrar las buenas sensaciones combinándolas con el acto de ir al baño dos o tres veces al día. Los esfuerzos para conseguir la felicidad, no son los mismos que para ponerse unos calcetines limpios, resultan más agotadores y aunque deben de ser diarios, -como los calcetines-, no siempre resultan placenteros.
La felicidad está en cualquier rincón de nuestras vidas amigo, puede que esté ahí desde hace mucho tiempo y ni tan siquiera la hayamos saludado últimamente por las mañanas o despedido por las noches. Ese rincón al que explícitamente hace usted mención, no se corresponde con la realidad. Todo mortal tiene sus miedos y nos educaron para descubrirlos antes que para ser capaces de derrotarlos. Vivimos en constante miedo porque no sabemos vivir de las alegrías o de la inmensa fortuna que tenemos solo por el hecho de estar vivos aunque sea en una sociedad tan putrefacta como la que sufrimos. Al contrario que usted, pienso que este período de transición tan inesperadamente largo, beneficiará a muchos. No tengo técnicamente la respuesta que debiera de acreditar tal afirmación, más al contrario pienso que es una hipótesis basada en la sensación de que después de tanta tempestad llega la ansiada calma. Algo tan parecido a un despeñe diarreico cuando deja tan limpios nuestros intestinos. Es como una especie de intuición, podría llamarle olfato, el que me dice que todo irá a mejor.
Mi querido amigo. Desde hace muchos siglos ya somos conscientes de que la felicidad la encuentra uno mismo a su alrededor, si esperamos a que los demás nos la faciliten, volveremos a caminar a cuatro patas. Y no es de mi interés, llegar a comprar el pan, o entrar por la puerta del súper, como un velloso primate. La evolución nos permitió tener la capacidad de ser felices, de encontrar las vivencias y las realidades que hoy nos diferencian del animal que vive en la selva, en cuevas o en los árboles.
La felicidad está ahí fuera. Y no es nada sencillo cogerla, pero el que no seamos capaces de verla no significa que no exista, es solo que cuando antes nos educaban para llegar a ser médicos o ingenieros, descuidando cualquier otro tipo de habilidad, ahora somos a pesar de la edad, los gestores de desarrollar y fortalecer las técnicas que nos auguren tal éxito en nuestra vida. No es sencillo, pero es posible. Intentémoslo al menos.
Y ahora llámeme optimista. Le daré alguna pista.

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