Corría el año 1991. Año en el que se pusieron infinitas expectativas en los eventos que se celebrarían en un año. La Exposición Universal de Servilla y las Olimpiadas de Barcelona, eran en aquel momento del 91 el garante y el espejo de cientos de países que veían en España una nación que podría construir su futuro y que para demostrarlo puso en marcha dos grandes acontecimientos mundiales que sin dudarlo dieron reputación y prestigio a los españoles.
Pero cuando todo va bien nada ni nadie piensa en negativo. Y mientras duró el éxtasis de las celebraciones, los triunfos y los reconocimientos, nos olvidamos al mismo tiempo de los próximos fracasos, de los que estaban por llegar. En aquel momento a ningún ciudadano de este país le importó mirar más allá de los edificios emblemáticos de la Isla de la Cartuja o por encima del hermoso anfiteatro del Estadio Olímpico de Montjuic para ver cuál sería el futuro próximo e inmediato. No más tarde se impuso la crisis del 92, el hundimiento de la economía en este país, el cierre de miles de empresas, el paro, y la rotura del estado del bienestar tal como lo conocíamos.
Hacía tres años que me había casado. En el 91 un golpe de mala fortuna me dejó en paro. Mi reciente matrimonio lo celebramos casi a las puertas de la oficina de empleo y enseguida surgieron las dudas. Tal vez aquel no fuera el momento para tan hermoso compromiso. Más tarde, yo sin empleo y mi mujer en cinta en el quinto mes de embarazo de nuestra primera hija también fue despedida por su condición natural de madre en ciernes, lo que nos aplastó contra el muro de la realidad. Aparecieron de nuevo las terribles preguntas. Aquella época se entremezcla entre mis recuerdos con momentos de extrema emoción como el nacimiento de mi primera hija, y con momentos de profusa dureza. Por más que quisiera olvidar aquella etapa, como la habíamos programado, no se ajustaba al guion apetecido.

Había que cambiar el escenario, retocar el decorado y rescribir una nueva historia, pero cómo hacerlo. Después de muchas entrevistas al paso de otros tantos Curriculum que envié, un día se presentó la oportunidad. Pero la ocasión manifestaba un reto muy importante al que tendría que derrotar y superar con un necesario engaño. No había tiempo para obrar con honestidad, y pensé; o yo, o el desempleo.
Me llamaron de una empresa, porque les había llamado la atención mi anterior trabajo y pensaron que esa aunque corta experiencia podría serles de utilidad. Es cierto que antes de esa llamada había trabajado como vendedor para una empresa de reprografía a la que había llegado por enchufe y un toque de recomendación, pero sin éxito y con desgana con más síntomas de necesidad que de crecer. El empresario además de ser un golfo no tenía ni un duro y la empresa se debatía entre el cierre o la continuidad. Pero esa experiencia de 4 meses me abrió las puertas.
El primer reto que se me presento fue demostrar en la entrevista que lo que había escrito en mi historia profesional era real, lo que no fue difícil aportando algunas nóminas y contrato. Pero el segundo y más impostarte desafío era demostrar mi valía como profesional de la venta, la dilatada experiencia que decía tener y las empresas en dónde había trabajado antes de la última. Después de cavilar de qué manera podría yo afrontar una entrevista para alzarme con el triunfo, cuando nunca antes había pasado por ese lance en ocasión alguna, me tuvo varias noches en vela. Tendría que evitar los nervios. La comunicación debía de ser efectiva, y ni una gota de sudor tendría que aparecer por mi frente. Eso sin contar que muy probablemente a ese puesto hubiese un gran número de candidatos que harían exactamente lo mismo que yo. Mentir. Por lo tanto se trataba de hacerlo con estilo y con desfachatez, pero al mismo tiempo perfectamente creíble.

El que consiguiera el puesto con un contrato de trabajo de un año, es lo de menos. Aunque en aquel momento saboree sensaciones tan placenteras que daría cualquier cosas por vivirlas de nuevo. Lo que realmente importo, es que para lograr el triunfo con alguna mentira que califico de piadosa, se debió a que una semana antes de mi entrevista entre en una librería que ya no existe, en la calle Sagasta de Madrid, y le pedí al librero que estaba detrás del mostrador, que necesitaba dos libros. El primero tenía que describir técnicas para ser un buen vendedor, y el otro de cómo hablar en público.
Aquellos libros que aún conservo, fueron mi sustento emocional y mi guía para ayudarme a conseguir un “imposible”, y la fuerza, la motivación y el sueño de conseguirlo causaron el resto de las emociones necesarias para emprender aquel camino. Lo que viene a demostrar que con la determinación se pueden conseguir grandes retos. Este fue sin duda un gran reto, luego vinieron más. Muchos más. Desde entonces en estos casi veinte tres años aprendí no menos cosas interesantes, y ligado a este mar de conocimientos navegue entre calmadas aguas y tempestivas tormentas, con muchos cambios, diría que en alguna ocasión vuelcos, instantes de frenesí y otros de doloroso fracaso. Pero de todos ellos tomé las enseñanzas positivas, las que me han acompañado desde aquella llamada confirmándome el trabajo y durante todo este tiempo. Y así fue como me hice vendedor. Un extraordinario vendedor como así me considero. Es cierto que con un gran toque de invención, pues si no, que es la esencia de un vendedor más que la de un contador de historias creíbles.

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