El liderazgo hace tiempo que no tiene que ver con el látigo, ni con la sumisión o la obediencia. La capacidad de liderazgo en la empresa se construye desde la base social, desde la gestión del conocimiento y desde las habilidades en gestionar las emociones de los trabajadores que componen las organizaciones. Es vital, el recurrir al conocimiento personal de cada uno de los empleados para conocer la capacitación emocional de ellos en cada momento. Las emociones se contagian. Si estamos adecuadamente motivados, seremos el mejor en nuestro puesto de trabajo, y el nivel de colaboración al que llegaremos será el máximo.
Es por eso que en cada uno de nosotros, en cada persona que compone la nómina de la empresa, existe un alto riesgo de responsabilidad, un porcentaje directamente proporcional con los resultados, la rentabilidad del individuo y la idónea adaptación al organigrama. Aún existe la creencia de que cuando las empresas triunfan es solo como consecuencia de la buena gestión de la dirección o los gestores, creencia incorrecta, pues sin el apoyo, la ayuda y el compromiso de todos los trabajadores, el éxito no existiría. En buena medida el triunfo en los negocios de la organización son responsabilidad de los trabajadores, junto con una buena dirección.
Los tiempos que actualmente vivimos son complejos y dificultan sobre manera la relación entre directivos y trabajadores, esto desemboca en enfrentamientos que no son buenos para el buen fin de los negocios. Pero entendiendo que el esfuerzo es por ambas partes en mantener en la medida de lo posible un buen ambiente de trabajo y colaboración, las dos partes saldrán beneficiadas, y por tanto las dos serán causantes y responsable de superar la crisis y el abatimiento económico que se vive.

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