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Laura es una joven de 34 años que tiene un pequeño negocio cerca de lo que debería ser la Villa Olímpica. Hace unos 6 años que abrió el local con un esfuerzo descomunal, invirtiendo sus pequeños ahorros, y tomando prestada la ayuda de sus padres que vieron en esta iniciativa una salida profesional para su única hija, recién separada y con una niña de cuatro años.

Los bancos la ayudaron a cambio de inmensos compromisos. Las administraciones la volvieron literalmente loca e hicieron que se perdiera en la burocracia administrativa para tener todos los papeles de su negocio en regla. No recibió ningún tipo de subvención o ayuda y la empezaron a cobrar impuestos desde el primer día que levanto el cierre del negocio.

Ella creyó porque había oído a alguien muy importante en este país, que no había crisis y que además estábamos entre los primeros países de la zona euro con más crecimiento. Estas palabras venidas de un dignatario encendieron la luz del motor de arranque de su iniciativa y terminaron por dar el acelerón a su proyecto sobre el que esperanzas y desvelos cimentaron su ilusión.

El lugar y la zona eran maravillosos. Una calle de paso, cerca de una galería comercial, y con varias paradas de transporte público cerca de allí. Sus familiares y amigos la ayudaron en ese proyecto y la apoyaron dándola consejos que ella siguió. Por si esto fuera poco su negocio estaba a trescientos metros del lugar en donde se construiría la ciudad olímpica y las últimas noticias de la candidatura la motivaron mucho más, veía una oportunidad de negocio inmensa.

 

Han pasado, casi siete años desde que Laura, giro la llave de la cerradura que abría su negocio. Las cosas no la van bien. En la parada del autobús no hay mucha gente, en la del metro lo mismo. Cada día la cuesta más pagar sus facturas y el banco la reclama demoras e intereses por el retraso de los pagos. Los proveedores solo la sirven al contado. Los impuestos llegan implacables y la gente entra menos en su local porque la crisis ha dejado al barrio con cientos de parados y sin dinero que gastar. Ha hablado con la administración para aplazar pagos, con el banco para obtener ayuda financiera, y en su cuenta corriente hay un saldo de solo 127 € que empleará para dar de comer a su hija. Nadie quiere ayudarla.

Laura tomo la decisión de emprender gracias a las declaraciones políticas de la época, al apoyo “desinteresado” de su banco de toda la vida, y a proyecto de ciudad olímpica de una zona que podría ser revitalizadora. Pero la política la ha fallado y en estos momentos está pensando en cerrar un negocio del que únicamente ha recibido disgustos y desilusiones últimamente.

Oye al presidente pedir por televisión, ilusión, esfuerzo y solidaridad. A ella ya no le queda nada de eso. Ya no cree en los políticos ni lo volverá a hacer jamás. No habrá una nueva ocasión.

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