Cuando Aristóteles escribió…”cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”, lo hizo pensando con toda seguridad en el aficionado rojiblanco.

Y eso es lo que me pasa a mí. Manifiesto mi más que reconocible cabreo y mala leche. Mentir sería ocultarlo detrás de mi forzada sonrisa. Es de caballeros felicitar al rival, pero de igual importancia es escupir lo que uno lleva muy dentro, y no dejarlo a merced del rencor porque no aguanto ni un segundo más sin decir que, me jode y me irrita lo ocurrido en sábado en Milán. Un buen aficionado colchonero, puede y debe decirlo, sin justificaciones ni miedos. Ser atlético es reafirmarse en el deseo más fecal de que al rival de toda la vida, le queden apenas 4 centímetros de papel en el soporte del higiénico.

Y es que, como digo, este es el momento exacto de proclamar mi enorme cabreo decimonónico. Al Atlético le acompaña desde el pasado siglo tal maldición para no dejarnos levantar cabeza en nuestro reto de proclamarnos, no los segundos mejores, que está bien si lo comparamos con otros momentos infernales, lo que el aficionado del manzanares se merece ya es el copón, la medalla, el titulo para colgarlo en el lugar que se merece, y no el recuerdo o pisa papeles tan horrible que en solemne acto de desgana agarro con muy mala leche el Cholo, deseándole a Villar el mejor de los tactos rectales.

Este dolor que me sacude desde las 11:59 horas del sábado 28 de mayo de 2016, lo llevaré no poco tiempo y me servirá para odiar (si cabe) más a mis rivales merengues, y a la desconsolada realidad que me saluda cuando miro al espejo por las mañanas y eso que solo van dos.

Mi más excelsa maldición para el equipo blanco, anhelando que no tengan sitio en su vitrina, una hermosa y larga salmonella como consecuencia de la celebración de la prima por ganar y como complemento ideal un dolor persistente de muelas, de esos de los que hacen época.

Que se enteren bien que les odio, y que a todos los desagradables deseos que se me ocurran desde hoy hasta la próxima final, no les falte mi caballerosa enhorabuena.

Porque de hombres vestidos por los pies es justo el reconocer, lo difícil que resulta vivir con el tormento de que tu vecino lleva once, y nosotros ninguna. Y proclamo desde este mismo acto de sinceridad que ojalá sea la última, en al menos veinte lustros.

Agustín M.H.

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